I
El doceavo sol
sobre la montaña,
junto a la última torre
siendo alzada,
las mujeres y hombres
contemplando el círculo de todos los soles
y las dimensiones de sus sombras
y los alcances de sus luces,
las torres llenas de fuego,
las torres llenas de agua,
las torres llena de tierra,
las torres llenas de aire
al sol mediodía,
a las ausencias rotas
las mujeres y hombres.
II
Las rocas
de la tierra
o de los seres,
el hueso
en lo profundo de la carne,
en los solsticios de fuego,
la arena en la sangre
de los caídos
que aún recordamos.
La firmeza de lo indestructible
para esconderse de un mundo
que ya no pueda tocarnos.
Algún día
ya no tendremos miedo.
III
Los metales
dominan los atardeceres
entre el sol y la sangre;
reinan con el impulso de los secretos
para un hombre
con las armas de los dioses
y los demás que solo oyen la historia
de alguna boca
frente a algún fuego
en tiempos distantes.
Aquellos del sol en la frente
inician sus fantasías
de poseer
por si mismos
los únicos atardeceres.
IV
Las aguas
y la lejanía,
los exiliados,
los que se pierden,
los que renacen,
los que son fuertes
y los que no.
Todos van sobre las olas
desarmados,
perdiéndose en islas inalcanzables
y no importando ya
las fronteras sobre los brazos
los tantos brazos demasiados brazos.
Los barcos indestructibles de las orillas blancas
del otro lado,
hacia donde perder la noción de todo.
V
Las primeras torres
durante milenios,
torres que no cesaban de caer
a los días siguientes,
al alba, en la tarde
dondequiera
una torre
caía.
Las rocas
no entendían las vibraciones en el aire;
la tierra
no entendía la sed de los seres.
Las cosechas aplastadas,
las fuerzas de muchos hombres perdidas,
por los cimientos que el viento se llevaba.
El viento
de todas las voces.