Aquel ciego
se perdía en la ciudad
y andaba despacio
en la ceguera del crepúsculo,
de las apenas franjas
de un fuego que no cesa de apagarse,
día a día,
en tragedia y en muerte
que ya no vuelve;
el ciego
y las edades rotas;
el ciego y los colores perdidos
y la sinestesia del abandono,
del alma suelta
y el ciego
viendo donde las dimensiones se separan.
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